Marguerite Yourcenar

"Experiencia con el tiempo: dieciocho días, dieciocho meses, dieciocho años, dieciocho siglos. Inmóvil permanencia de las estatuas que, como la cabeza de Antínoo Mondragón en el Louvre, viven aún en el interior de ese tiempo muerto. El mismo problema considerado en términos de generaciones humanas: dos docenas de pares de manos descarnadas, unos veinticinco ancianos bastarían para establecer un contacto ininterrumpido entre Adriano y nosotros".

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"[...] aun la dedicatoria más extensa es una manera bastante incompleta y trivial de honrar una amistad fuera de lo común. Cuando trato de definir ese bien que me ha sido dado desde hace años, advierto que un privilegio semejante, por raro que sea, no puede ser único; que debe existir alguien, siquiera en el trasfondo, en la aventura de un libro bien llevado o en la vida de un escritor feliz, alguien que no deje pasar la frase inexacta o floja que no cambiamos por pereza; alguien que tome por nosotros los gruesos volúmenes de los anaqueles de una biblioteca para que encontremos alguna indicación útil y que se obstine en seguir consultándonos cuando ya hayamos renunciado a ello; alguien que nos apoye, nos aliente, a veces que nos oponga algo; alguien que comparta con nosotros, con igual fervor, los placeres del arte y de la vida, sus caminos siempre insólitos y nunca fáciles; alguien que no sea ni nuestra sombra, ni nuestro reflejo, ni siquiera nuestro complemento, sino alguien por sí mismo; alguien que nos deje en completa libertad y que nos obligue, sin embargo, a ser plenamente lo que somos".

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"Ayer, en la Villa, pensé en la cantidad de vidas silenciosas, furtivas como las de los animales, irreflexivas como las de las plantas, que han vivido entre Adriano y nosotros: bohemios del tiempo de Piranesi, saqueadores de ruinas, mendigos, cabreros, aldeanos refugiados entre escombros. Al borde de un olivar, en un sendero antiguo y con escombros, G. y yo nos encontramos ante el lecho de cañas de un campesino, ante su portamantas colocado entre dos bloques de cemento romano, ante las cenizas de su fuego recién apagado. Sensación de humilde intimidad bastante similar a la que se siente en el Louvre, después del cierre, a la hora en que los catres de tijera de los guardias aparecen entre las estatuas.

(Nada que modificar, en 1958, en las líneas que anteceden; el portamantas del campesino, aunque no su lecho, aún sigue allá. G. y yo volvimos a detenernos sobre la hierba de Tempé, entre las violetas, en aquel momento sagrado del año en que todo vuelve a comenzar sin atender a las amenazas que el hombre de nuestros días deja caer sobre el mundo y sobre él mismo. Pero la Villa ha sufrido, sin embargo, un insidioso cambio. No total, por cierto: no se altera tan rápidamente un lugar que los siglos han destruido y formado con lentitud. Pero por un extraño defecto italiano, los "embellecimientos" peligrosos han venido a sumarse a las refacciones y a las consolidaciones necesarias. Los olivares han sido talados para dar lugar a una playa de estacionamiento de automóviles y a un bar al paso, que transforman la noble soledad del lugar en una especie de parque de diversiones. Los visitantes beben de una fuente de cemento el agua que surge a través de un mascarón de yeso que imita lo antiguo; otro mascarón, aun más inútil, ornamenta el frente de una piscina surcada hoy por una flotilla de patos. Se han copiado, también en yeso, triviales estatuas de jardines grecorromanos halladas en excavaciones pacientes, y que no merecían que se les tributara ni ese exceso de honor ni esa indignidad; estas réplicas en tal vil materia esponjosa y blanda, dispuestas casi al azar en pedestales, dan a la melancólica Cánope la apariencia de un rincón de set de filmación para una película sobre los Césares. Nada más frágil que el equilibrio de los lugares hermosos. Nuestras fantasías de interpretación dejan intactos los textos mismos, que sobreviven a nuestros comentarios; pero la menor restauración imprudente infligida a las piedras, la menor senda trazada sobre un camino en el que creció la hierba durante siglos, determina para siempre lo irreparable. La belleza se aleja; la autenticidad también)".

de "Cuaderno de notas a las Memorias de Adriano"

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"Al parecer, una de las formidables causas del sufrimiento animal -en Occidente, por lo menos- fue la conminación bíblica de Jehová a Adán antes de la culpa, cuando le mostró al pueblo de los animales, haciéndoselos nombrar y declarándole dueño y señor de los mismos. Esta escena mítica siempre ha sido interpretada por el cristiano y el judío ortodoxos como un permiso para sacrificar indiscriminadamente a esos millares de especies que expresan, por sus formas diferentes de las nuestras, la infinita variedad de la vida, y por su organización interna, su poder de actuar, de gozar y de sufrir, la evidente unidad de la misma. Y sin embargo, hubiera sido muy fácil interpretar el viejo mito de otra manera: aquel Adán, aún no afectado por la caída, lo mismo hubiera podido sentirse promovido al rango de protector, de árbitro, de moderador de la creación entera, utilizando los dones que se le habían otorgado, superiores o diferentes de aquellos
concedidos a los animales, para consolidar y mantener el equilibrio del mundo del cual Dios le había hecho, no el tirano sino el intendente".

de "El tiempo, gran escultor"