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Marguerite Yourcenar "Experiencia
con el tiempo: dieciocho días, dieciocho meses, dieciocho años,
dieciocho siglos. Inmóvil permanencia de las estatuas que, como
la cabeza de Antínoo Mondragón en el Louvre, viven aún en el interior
de ese tiempo muerto. El mismo problema considerado en términos
de generaciones humanas: dos docenas de pares de manos descarnadas,
unos veinticinco ancianos bastarían para establecer un contacto
ininterrumpido entre Adriano y nosotros". ---------- "[...]
aun la dedicatoria más extensa es una manera bastante incompleta
y trivial de honrar una amistad fuera de lo común. Cuando trato
de definir ese bien que me ha sido dado desde hace años, advierto
que un privilegio semejante, por raro que sea, no puede ser único;
que debe existir alguien, siquiera en el trasfondo, en la aventura
de un libro bien llevado o en la vida de un escritor feliz, alguien
que no deje pasar la frase inexacta o floja que no cambiamos por
pereza; alguien que tome por nosotros los gruesos volúmenes de los
anaqueles de una biblioteca para que encontremos alguna indicación
útil y que se obstine en seguir consultándonos cuando ya hayamos
renunciado a ello; alguien que nos apoye, nos aliente, a veces que
nos oponga algo; alguien que comparta con nosotros, con igual fervor,
los placeres del arte y de la vida, sus caminos siempre insólitos
y nunca fáciles; alguien que no sea ni nuestra sombra, ni nuestro
reflejo, ni siquiera nuestro complemento, sino alguien por sí mismo;
alguien que nos deje en completa libertad y que nos obligue, sin
embargo, a ser plenamente lo que somos". ---------- "Ayer,
en la Villa, pensé en la cantidad de vidas silenciosas, furtivas
como las de los animales, irreflexivas como las de las plantas,
que han vivido entre Adriano y nosotros: bohemios del tiempo de
Piranesi, saqueadores de ruinas, mendigos, cabreros, aldeanos refugiados
entre escombros. Al borde de un olivar, en un sendero antiguo y
con escombros, G. y yo nos encontramos ante el lecho de cañas de
un campesino, ante su portamantas colocado entre dos bloques de
cemento romano, ante las cenizas de su fuego recién apagado. Sensación
de humilde intimidad bastante similar a la que se siente en el Louvre,
después del cierre, a la hora en que los catres de tijera de los
guardias aparecen entre las estatuas. de "Cuaderno de notas a las Memorias de Adriano" ---------- "Al
parecer, una de las formidables causas del sufrimiento animal -en
Occidente, por lo menos- fue la conminación bíblica
de Jehová a Adán antes de la culpa, cuando le mostró
al pueblo de los animales, haciéndoselos nombrar y declarándole
dueño y señor de los mismos. Esta escena mítica
siempre ha sido interpretada por el cristiano y el judío
ortodoxos como un permiso para sacrificar indiscriminadamente a
esos millares de especies que expresan, por sus formas diferentes
de las nuestras, la infinita variedad de la vida, y por su organización
interna, su poder de actuar, de gozar y de sufrir, la evidente unidad
de la misma. Y sin embargo, hubiera sido muy fácil interpretar
el viejo mito de otra manera: aquel Adán, aún no afectado
por la caída, lo mismo hubiera podido sentirse promovido
al rango de protector, de árbitro, de moderador de la creación
entera, utilizando los dones que se le habían otorgado, superiores
o diferentes de aquellos de "El tiempo, gran escultor" |
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