Gustave Flaubert

"A veces le decía:
-Cuando den las doce, piensa en mí.
Y si él confesaba no haber pensado, dirigíale abundantes reproches, que terminaban por estas eternas palabras:
-¿Me amas?
-¡Sí, te amo!
-¿Mucho?
-¡Ya lo creo!
-¿No has amado a otra? ¡Vamos!
-¿Crees haberme encontrado virgen? -exclamaba él riendo.
Emma lloraba, y él se esforzaba en consolarla, alternando con chistes sus protestas cariñosas.
-¡Oh! ¡Es que yo te amo -decía ella- hasta el punto de no poder vivir sin ti! Tengo algunas veces deseos de verte, y todas las cóleras del amor me desgarran. Y me pregunto: ¿Dónde estará? ¿Qué hace ahora? ¡Tal vez hablando con otras mujeres! ¡Y le sonríen...! ¡Se acerca a ellas! ¡Oh! ¿Es verdad que no te gusta ninguna más que yo? Las hay más bellas, ya lo sé; pero yo, yo sé amarte mejor. ¡Soy tu criada y tu concubina! ¡Tú eres mi ídolo, mi rey! ¡Tú eres bueno, tú eres hermoso, tú eres fuerte!
Habíale oído Rodolfo decir tantas veces estas palabras, que no tenían ya nada de nuevo para él. Emma se parecía a todas las amantes, y el encanto de la novedad fue poco a poco cayendo como una vestidura y dejando ver al desnudo la eterna monotonía de la pasión, que tiene siempre la misma forma y el mismo lenguaje".

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"Aquel hombre tan práctico no comprendía la desemejanza de los sentimientos bajo el mismo lenguaje: porque labios libertinos y venales le habían dicho frases semejantes, no creía sino débilmente en el candor de ellas: debían rechazarse -pensaba- las palabras exageradas que expresaban medianas afecciones, como si la plenitud del alma no se desbordase algunas veces también en las metáforas más vacías, porque nadie puede jamás dar la medida exacta de sus necesidades, ni de sus concepciones, ni de sus dolores, porque la palabra humana es como un caldero rajado sobre el cual tocamos melodías para hecer danzar a los osos cuando quisiéramos enternecer a las estrellas".

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"[...] denigrar a los que amamos, siempre nos separa algo de ellos".

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"No hay que tocar a los ídolos, porque el polvillo dorado se queda entre las manos"

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"Siempre hay, depués de la muerte de alguien, una especie de estupefacción que se deriva del hecho inusitado: tan difícil es comprender aquella llegada de la nada y resignarse a creerla"

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"Pensó que se habrían equivocado de nombre al escribirle; buscó la carta en su bolsillo, la palpó, pero no se atrevió a abrirla. Llegó a suponer que aquello era acaso una farsa, una venganza de cualquiera, una broma de borracho. Además, si hubiera muerto, se sabría. Pero no; el campo no tenía nada de extraordinario, el cielo estaba azul, los árboles se balanceaban..."

de "Madame Bovary"