Augustin
Thierry
"Entre
todos los hijos de Clotario es a Chilperico al que las crónicas
contemporáneas atribuyen mayor número de reinas, es
decir, de mujeres con quienes se desposó conforme a la ley
franca, por el anillo y el dinero. Una de dichas reinas, Audovera,
tenía a su servicio a una joven llamada Fredegunda, de origen
franco y de tan excepcional belleza, que el rey, desde el punto que
la vió, quedó prendado de ella. Por muy halagüeño
que ese amor fuera, no dejaba de ofrecer peligros a una camarista
que por su posición estaba a merced de los celos y la venganza
de su señora. Pero no se apuró Fredegunda por tan poco;
tan astuta como ambiciosa, se propuso suscitar, sin comprometerse,
motivos legales de separación entre Chilperico y la reina Audovera.
A creer a una tradición muy arraigada un siglo después,
lo consiguió, gracias a la connivencia de un obispo y a la
simplicidad de la propia reina. Acababa de reunirse Chilperico con
su hermano Sigiberto para marchar del otro lado del Rin contra los
pueblos de la Confederación sajona; había dejado a Audovera
encinta de algunos meses. Antes del regreso del rey dio a luz aquélla
una niña, y no sabiendo si debería hacerla bautizar
en ausencia de su marido, consultó a Fredegunda, la cual, habilísima
en el disimulo, no le inspiraba sospechas ni desconfianza.
"Señora -contestó la camarista-, cuando el rey
mi señor vuelva victorioso, ¿cómo podrá
ver con agrado a una hija suya no estando bautizada?". Tomó
la reina por bueno este consejo, y Fredegunda se puso a preparar sordamente,
a fuerza de intrigas, el lazo que a tender se disponía.
Llegado el día del bautizo, a la hora señalada para
la ceremonia el baptisterio estaba adornado de colgaduras y guirnaldas.
Presentóse el obispo, en hábitos pontificiales; pero
la madrina, una noble dama franca, no llegaba, y en vano la aguardaron.
La reina, sorprendida por este contratiempo, no sabía qué
resolver, cuando Fredegunda, que al lado de ella estaba, le dijo:
"¿Qué falta os hace buscar una madrina? Si a ninguna
igual vuestra habíais de encontrar para tal cargo, desempeñadlo
vos misma". El obispo, a despecho de sus deberes, llevó
a cabo los ritos del bautismo y la reina se retiró sin comprender
las consecuencias que había de acarrearle el consumado acto
religioso.
Al volver Chilperico, todas las doncellas del dominio real saliéronle
al encuentro llevando flores y cantando versos en su loa. Al abordarle
díjole Fredegunda: "Sea Dios alabado por la derrota que
el rey nuestro señor infligió a sus enemigos, y a la
vez por la hija que le nació en su ausencia. Pero ¿con
quién dormirá esta noche mi señor? Porque hoy
la reina es tu comadre, como madrina de tu hija Childesinda".
"Pues bien -replicó el rey con jovial tono-; si con ella
ya dormir no puedo, dormiré contigo". Bajo el pórtico
de palacio halló el rey a Audovera, su mujer, con la niña
en brazos, en actitud de presentársela con un gozo mezclado
de orgullo; pero el rey, afectando compasión, le dijo: "Mujer,
en tu cortedad de ingenio has realizado un acto criminal; ya en adelante
no puedes ser mi esposa". Y como rígido observador de
las normas eclesiásticas, el rey castigó con el destierro
al obispo que bautizó a su hija, e invitó a Audovera
a separarse de él en el acto y a tomar, como viuda, el velo
de religiosa. Para consolarla dióle varios dominios de valor
considerable; ella se resignó, y eligió un monasterio
sito en la ciudad de Mans. Chilperico hizo su esposa a Fredegunda,
y entre el alborozo de las fiestas nupciales marchó la reina
repudiada a su retiro, donde quince años más tarde fue
asesinada por orden de su antigua servidora".
de "Relatos de los tiempos merovingios"