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Enrique Pinti "Nunca, nunca quise ser niño terrible ni artista maldito, nunca quise ser un adelantado a mi época, malentendido por mis contemporáneos. Me gustaría, obviamente, ser un Chaplin o un Aristófanes, pero si no es posible ser un artista exitoso y un renovador brillante que sentó las bases para una nueva manera de hacer teatro o algo por el estilo, entonces prefiero ser un producto de la época antes que un incomprendido genial. A mí me interesa el éxito ahora, no cuando esté en el ataúd. No me importa que cincuenta años después la gente diga: " ¿Te acordás de aquél? Qué pedazo de chanta era". Que lo digan después de mi muerte; yo no me voy a enterar. Prefiero, si puedo elegir, ser brillante en mi época y olvidado después, antes que sufrir como todo maldito, viviendo miserablemente, marginado, ignorado por sus contemporáneos. Y, así como creo que la droga es un flagelo, no sólo desde el punto de vista particular (el chico de once años muerto de una sobredosis de heroína) sino desde el aspecto más general (ya que la droga es una herramienta nefasta de contrarrevolución y represión en el mundo), asimismo creo que esa concepción mítica del artista maldito es nociva para todo principiante que quiere ser actor; permite que uno crea que la incomprensión del público es sinónimo de genio en el incomprendido, genera un círculo mortal de desastre, malogramiento y suicidio que, en la mayor parte de los casos, no es señal de grandeza sino de mero fracaso". ---------- "[...] cuando estrenamos [La tartamuda] en el teatro ABC en octubre de 1970, fuimos pulverizados por la crítica. [...] me achacaron el uso de elementos revisteriles y la aplicación sistemática de recursos obscenos y groseros. Lo maravilloso es que estos críticos (los infaltables culos fruncidos de siempre) dijeron que no había motivo que justificara mis chanchadas, que mi talento y mi cultura daban para mucho más que esa porquería. Lo decían así, muy sueltos de cuerpo, aunque no tuvieran la más remota idea de quién era yo, qué había escrito antes o de dónde salía. Es decir que la misma obra que tildaban de pésima y asquerosa les servía de referente para decir que mi talento y mi cultura daban para más". ---------- "[...] hay ciertos críticos "virtuosos" que se preguntan públicamente qué necesidad tengo yo de recurrir a las malas palabras y dan a entender (o directamente sostienen) que yo uso las puteadas para tener más éxito. Y eso es algo absolutamente estúpido. Primero, porque yo ya usaba este lenguaje cuando tenía ocho espectadores por noche. Y, segundo, porque eso implica que para ellosno hay relación entre el géneroelegido y el lenguaje utilizado en un aobra teatral. El público no tiene obligación de saber de géneros: tiene todo el derecho del mundo de decir que algo le gusta o le disgusta porque sí, porque es "lindo" o "feo". Pero un crítico tiene la obligación de juzgar un espectáculo que ve a la luz del género elegido por el artista. Eso significa que debe saber de géneros, para poder diferenciar uno de otro, para analizar la obra con el parámetro de ese género y para fundamentar su crítica a la luz de esos elementos. Lo que a mí me parece inadmisible es que un crítico teatral diga: "Qué barbaridad, puteadas sobre el escenario". O: "Se puede hacer reír sin malas palabras". Vaya obviedad. Se puede hacer reír sin pabaras, también. Pero da la casualidad que yo elijo hacer reír con malas palabras. Y eso significa que me estoy inscribiendo en una tradición que puede remontarse hasta la picaresca de los juglares medievales y la comedia profana de los antiguos griegos y romanos. Esa clase de comentarios a mí me suena como si alguien dijera: "Pero qué obra de teatro tan extraña: todo el mundo canta..." Y resulta que es una ópera". de "Enrique Pinti. Conversaciones con Juan Forn" (con Juan Forn ) |
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